En esta semana he notado en carne propia las huellas tan profundas que deja la educación tradicional en nuestras actitudes.
El realizar las primeras actividades del curso me ha provocado cierta frustración por no tener un camino trazado exactamente, sino sólo ciertas líneas a seguir, que no siempre resultan totalmente claras. Con la parte de la tecnología no tuve problema, pero con las preguntas para responder, de pronto tenía ganas de “asomarme” a ver el trabajo de los demás para hacer igual el mío, pero resistí a la tentación. Una vez terminada y publicada mi primera entrada en el blog, me puse a visitar los de algunos de los compañeros y al ver que cada quien había hecho algo distinto (parecido, pero distinto) sentí angustia y el impulso de correr a cambiar mi trabajo. Fue una evocación parecida a cuando uno se encuentra con un antiguo amigo de la infancia, o escucha una vieja canción; parece que uno se transportara totalmente a otra época, incluyendo los olores y las sensaciones anímicas. Esta angustia la experimentaba frecuentemente en la escuela, al llegar y ver que mis compañeras de clase llevaban trabajos mejores que el mío.
Ahora, después de tantos años de estudios y trabajo docente, siempre buscando romper con los moldes de alumnos pasivos-maestros activos de la educación tradicional, aun sigue viva en mí la actitud de competitividad y miedo a la crítica propiciada por el sistema escolar. Claro que ahora me reí, pero también tomé conciencia de la fuerza de los hábitos creados y reforzados durante tantos años y comprendí bastante a mis alumnos, con quienes frecuentemente he tenido disgustos al ver que no se quieren salir de su rol de pasividad y de seguidores de instrucciones precisas y evitan la autonomía en sus actividades y desempeños.
Una vez superado ese instante de angustia, he disfrutado mucho la diversidad que hallé en los trabajos de los otros participantes en el curso. Me asombró que la mayoría de ellos tienen mucha preparación y experiencia, sin embargo, se encuentran “sentados junto a mi banca” con todo el ánimo de aprender aun más. Cada uno tiene sus propios intereses y motivos, pero aquí nos “reunimos” con la intención de participar activamente y lograr alcanzar nuestras propias metas de aprendizaje.
El otro punto sobre el que he reflexionado es el de la evaluación. Al ser participante en la modalidad abierta, sé que mi trabajo no recibirá retroalimentación formal del instructor, lo cual me hace moverme entre la indolencia del: -¿Qué importa?, si no lo van a “calificar” y el: -debo esforzarme al máximo para que el resultado del curso sea muy bueno, aunque nadie me lo “revise”. Por mi lucha interna entre esos extremos, es que hasta hoy me he puesto a identificar formalmente, de acuerdo a la rúbrica de evaluación, mi estado actual y el esperado.
Este aspecto de la educación siempre es difícil y con más razón, tratándose de un ejercicio autoevaluativo, así que espero que esta primera aproximación a mi estado actual en las habilidades requeridas para el curso, no esté demasiado alejado de la realidad percibida por mis posibles lectores. De andar yo muy “perdida” en mi autoevaluación, confío en que alguno de mis compañeros me lo haga saber, no sólo para enriquecer el ejercicio, sino también el conocimiento de mi capacidad para valorar el propio desempeño y habilidades.
