miércoles, 17 de marzo de 2010

EL SIGLO XIX EN LAS AULAS DEL SIGLO XXI


Hace casi veinte años que estudié la Licenciatura en Ciencias de la Educación. Ya entonces era tema antiguo la crítica a la educación tradicional: verbalista, repetitiva, a través de la cual se entrena a los alumnos en una pasividad obediente y caracterizada por la falta de formación en valores, en vez de lo cual se fomenta una disciplina dependiente de la estructura jerárquica, así como toda una derivación de problemas psicológicos, morales y de aprendizaje que dicho sistema no sólo permite, sino fomenta.

En ese tiempo soñábamos con un Siglo XXI en el que ya se hubiera corregido el rumbo lo suficiente como para que los estudiantes de las carreras de Educación no tuvieran que graduarse con un sentimiento de desánimo e impotencia como nosotros. Técnicamente estaban dadas las condiciones necesarias para que así ocurriera y confiábamos en que la situación política, al ser tomada la estafeta por personas más jóvenes, iría por rumbos de verdadero progreso.

Ahora muchos de nuestros sueños son realidad: medios de comunicación instantánea, accesibles y sin fronteras, procesadores de palabras con correctores ortográficos y gramaticales (aunque todavía con limitantes, son un gran avance comparado con aquella durísima Olivetti acompañada de un papelito corrector…), materiales didácticos adecuados y fáciles para quienes no sabemos dibujar ni tenemos habilidad para las manualidades (elaborar material visual en hojas de rotafolio podía llegar a ser una empresa imposible…), equipos de apoyo audiovisual que no pesaran más que nosotros y cuyo material no fuera tan caro de elaborar, que casi convirtiera prohibitivo su uso (como los proyectores de diapositivas y los proyectores de acetatos en sus inicios o las videocámaras).

Sin embargo, aun con los tremendos avances tecnológicos e incluso teórico-pedagógicos, así como en lo referente a psicología educativa, dinámica de grupos y demás áreas del conocimiento ligadas a la educación, la mayoría de nuestros niños y jóvenes siguen yendo a clases con enormes mochilas llenas de libretas y libros, se dedican a leer, copiar y rellenar espacios, después de la consabida “clase dada” por el maestro frente al grupo, de manera oral y con la utilización del arcaico pizarrón (pues aunque se usen plumones en lugar de gis, las posibilidades no mejoran mucho y el uso de la pizarra digital o el power point como apoyo a exposiciones orales unidireccionales no hace diferencia).

Al menos eso es lo que ocurre en las escuelas donde estudian mis hijas (una está en quinto de primaria y otra en segundo año de bachillerato; ambas en escuelas privadas con un costo aproximado de $350 dólares mensuales). Con mínimas variantes, en la universidad donde estudia mi sobrina (pública, de bajo costo y con muchos certificados de “calidad educativa”), las clases siguen siendo tradicionales. La misma situación ha sido también la norma -contra toda mi oposición y esfuerzo- en todas las escuelas donde he estudiado y trabajado como docente y/o administrativa, tanto en el estado de Sonora como en Mexicali y aquí en Tijuana, Baja California. Tal vez no ocurra lo mismo en todo el país; al menos eso quiero creer.

Es muy triste ver cómo hoy, Marzo del 2010, algunas escuelas siguen patrones desarrollados desde, cuando menos, el siglo antepasado. Y no que pretenda que se aplique lo actual por “estar a la moda”, ni mucho menos, sino por lograr en la educación eficacia, eficiencia y adecuación a los tiempos que corren con sus requerimientos sociales, productivos y humanos que definitivamente no se parecen a los del siglo XIX.

Para mí es sumamente frustrante leer acerca de las experiencias de docentes que ayudan a que sus alumnos de primaria trabajen colaborativamente los temas de diversidad cultural, historia de los movimientos independentistas en América, etc., con niños de otros países utilizando los beneficios del Internet, de los blogs, el skype y las wikis, mientras las maestras de mis hijas les piden que de tarea lean de la página 10 a la 20 de su libro de texto (única fuente y punto de vista autorizado para tal efecto, por supuesto) y escriban un resumen o que copien las respuestas a las 15 preguntas que van a venir en el examen; exactamente como me lo pedían a mí cuando no había procesadores de texto, Internet, programas para elaborar videos, ni alguna otra herramienta que nos facilitara y enriqueciera las posibilidades. Igual me resulta desesperanzador cuando escucho a mi sobrina hablar de sus clases universitarias, en las que la máxima utilización de los avances tecnológicos consiste en “recibir” una clase (sentados en mesabancos acomodados en filas, por supuesto) cuyo centro es una proyección de diapositivas en power point, que además de ser totalmente expositiva, tiene una duración de aproximadamente dos horas y media, con láminas atiborradas de texto que ellos deben copiar o resumir mientras escuchan la “explicación de su maestra”.

Lo peor de la situación es que muchos de nuestros niños y jóvenes están muy lejos de este futuro que ya nos alcanzó y nos va rebasando a grandes zancadas, gracias a tantos años de instrucción tradicional, al grado de que si algún maestro les pide que piensen, que sean creativos, que tomen decisiones, que critiquen y aporten alternativas, se quejan y piden de vuelta la “comodidad” de las clases tradicionales.

Acabo de pasar una experiencia muy frustrante con mis alumnos de sexto semestre de bachillerato cuyo trabajo para la clase de filosofía era participar en un proyecto colaborativo de investigación siguiendo la metodología de la webquest. Tenían total libertad para expresar sus ideas de la manera en que ellos decidieran; había una serie de materiales de consulta a su disposición, desde ensayos, textos breves, definiciones, videos, presentaciones con imágenes y texto mínimo, etc. El único límite era no hacer el típico: “copy-paste”, es decir, que por corta o sencilla que fuera, elaboraran una producción original utilizando cualquier formato, material o medio de expresión.

Durante un mes estuvieron quejándose de no entender qué y cómo lo tenían que hacer. Cuando les planteaba de nuevo las instrucciones (escritas y ordenadas claramente en el instrumento digital de trabajo, en este caso una Wiki) y aceptaban que eran claras, sencillas y que las comprendían bien, pasaban a quejarse de la computadora o de la Wiki. Al final de cuentas, de ocho alumnos, solamente una alcanzó la meta deseada: escribió poemas, hizo esquemas e incorporó imágenes a breves textos. Los demás se limitaron a intentar escribir sobre los temas (con pésima redacción y ortografía, creo que como resultado de la falta de ejercicio en la escritura propia, por el abuso del “copy-paste”), a manera de respuestas breves, como si se tratara de un cuestionario.

En la evaluación, quedó bastante claro: no fueron problemas técnicos, pues aunque dos de las alumnas carecían casi por completo de habilidades en el uso de herramientas digitales más allá del correo electrónico, la Wiki es un dispositivo muy amigable y fácil de comprender; no fue falta de tiempo, ya que tuvieron tiempo en clase y bastante en casa -se los iba preguntando a cada uno semana por semana-. Tampoco se trató de falta de capacidad intelectual para abordar la tarea, ni que ésta se planteara con un nivel muy elevado para ellos o que se usaran términos confusos o complicados, esto también se controló y monitoreó desde el principio.

Al final, ellos no supieron ya qué razón darme para justificar los deficientes resultados obtenidos. Yo lo interpreté así: actitud pasiva y no propositiva ni creativa a la hora de asumir una tarea o un problema. Esperaban el 1, 2, 3 y las respuestas correctas o incorrectas, fáciles de ubicar, copiar y memorizar, ya que para eso los hemos entrenado durante más de 10 años. Así que si lo pensamos bien, nuestra educación del siglo XIX en este siglo XXI es totalmente exitosa.

Y créanme que tal afirmación duele.

(Imágenes tomadas de: http://historia-de-la-educ-arg.blogspot.com/2008/08/programa-hea-2008.html